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¿De qué hablamos cuando hablamos de mezcal?

“Siempre tuve cerca los aromas del mezcal…
Carmela Vásquez”

En la década de 1980, Raymond Carver advertía que el nuevo gran problema de la humanidad eran las relaciones amorosas. Su célebre libro: ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor? nos despoja de la falsa idealización de que solo existe un credo en el querer. Tan arrebatado título siempre me pareció una suerte de provocación a la vez que pertinente para hacer referencia a otras concepciones que, de cotidianas, nos parecen perfectamente atadas y ordenadas.

El complejo mundo del MEZCAL como el del AMOR, es proclive a múltiples lecturas desde sus infinitos momentos en la historia. Es por ello que, a estas alturas del partido, cuando la palabra mezcal escapa de la comisura de tantas bocas, me pregunto más que nunca, ¿de qué hablamos cuando hablamos de mezcal?
Ser una antropóloga avecindada en la ciudad de Oaxaca desde hace quince años me lleva a una reflexión obligada en términos de las dinámicas culturales que aquí se suceden. Dinámicas que, recién llegada, me dejaron boquiabierta y sobre las cuales decidí reparar etnográficamente, porque la curiosidad, lejos de apaciguarse, continúa enraizándome a tierras donde no solo se destilan bebidas altamente valoradas, sino relaciones sociales que dan cuenta del brebaje pluricultural que es México y en particular, este estado.

Resulta que, hablar puede acabar siendo un acto puramente reflejo. Creemos que por el simple hecho de que nuestros labios puedan aparearse, armar oraciones o estructurar frases en interminables juegos de dimes y diretes están exentos de fallo y, por el contrario, en muchas ocasiones, pronunciamos supuestos inconexos como si de cuando nos pasamos de copitas se tratara. Y ello, no está del todo mal. Habrá veces que no genere problema alguno, ni pase de comentarios vagos que pronto se esfumen. Lo peliagudo viene cuando se crean discursos desvinculados de su entorno y, sin más, se difuminan pudiendo tener consecuencias. Aterrizando la idea, quisiera decir que, hablar sobre mezcal y las diversas culturas que hacen posible su existencia, son hoy, una suerte de apasionados monólogos que transitan por un complejo camino de improvisación pues, pocas son las voces que, desde el conocimiento y la experiencia tienen autoridad y una opinión objetiva sobre el tema.

La cosa aquí, es que el mezcal está de MODA y si no se posee algún comentario sobre él, pareciera como si nuestra existencia, a bien entrado el siglo XXI, estuviera en duda. A ello, cabe agregar el boom de lo llamado “tradicional” o “artesanal” y la tan socorrida patrimonialización de cualesquiera manifestaciones culturales en pro de su preservación, cosa que, no necesariamente refleja beneficios para los protagonistas involucrados en su producción. Todo ello, aterrizando en última instancia en “procesos de sobrefetichización que han transformado los objetos en etnomercancías por la intervención del turismo y sus ilusiones étnicas”, teniendo como actores al gobierno, organizaciones civiles, instituciones de promoción del patrimonio y la cultura, o a las mismas empresas privadas ligadas al turismo (Escalona 2016:285).

Sirva de preámbulo el comienzo de mi propio periplo en Oaxaca. Tenía 21 años y unas ganas enormes de comerme el mundo que se me había servido en el plato. Entre muchas cosas nuevas que iba encontrando a mi paso, advertí estar pisando las “tierras del mezcal” y, como antropóloga en ciernes, eso me llevó a curiosear en esta bebida autóctona cargada de una enigmática memoria cultural que recién salía a “cierta” luz. Si mal no recuerdo, bebíamos mezcal en la aún existente “Casa del Mezcal”, una cantina frente al mercado “20 de noviembre” donde se escogía entre –pechuga, cedrón, minero o gusano– porque en aquellos días no se reparaba en la diversidad de magueyes y sus consecuentes tipos de destilado. A 20 pesos, un caballito resbalaba de la mano de jugosas naranjas partidas y salpicadas con sal de gusano mientras una rocola imparable tocaba melodías pegajosas. Por menos de 200 pesos tenías la noche a tus pies empinando el codo en aquella barra de madera tallada.

Estaban también “La Farola” y el “Bar Jardín” donde siempre se podía saborear un De la Vega o un Señorío que por aquel entonces eran los que figuraban. Tan sólo ayer, el mundo del mezcal podía asirse o eso creíamos, aún, cuando los más osados degustadores, acudían directo con los productores y compraban a granel. Yo misma lo hice; una Navidad compré varios litros que embotellé y regalé a mis más queridos. Mi abuelo (de origen oaxaqueño pero nacido en la Angelópolis) dejó escapar un: –¿mezcal? “Eso es muy fuerte mijita y lo toman sólo en los pueblos”, dejando notar con ello ese gesto tan normalizado que refiere a “otra gente”. Reparé que él, hijo de un mixteco que se había hecho a la ciudad, veía con desavenencia el mezcal frente al brandy que cada domingo tomaba como aperitivo y que le hacía sentir parte de un mundo occidentalizado. A partir de ese momento, una bebida comenzaba a contarme, gota a gota, la historia de mi país. Una bebida se abría paso para relatar, a su ritmo, los capítulos escondidos de una nación que va pepenando símbolos mientras desconoce significados en la creación de identidad. El mezcal llegaba para colocarse en escena, una muy distinta a la de su origen. Una que, de destilado de pueblo lo colocaría como espirituoso transnacional.
En este trecho vamos tropezando con varias piedras, pero también, aprendiendo (siempre hay esperanzas). En este sentido, lo que quiero contar a continuación poco tiene que ver con la parte técnica de elaborar mezcal, con su comercialización o legislación; tampoco con la parte biológica de aquella especie que José de Acosta categorizara como el árbol de las mil maravillas. No hablaré de normas ni denominaciones que por un lado enaltecen a unos cuantos y marginalizan a otros muchos. Lo que trataré de abordar repara más en los sujetos que se han relacionado por generaciones con el mezcal y por consiguiente referiré a esa parte del engranaje (posiblemente la más compleja) donde radica, desde mi punto de vista, uno de los pilares clave para entender su permanencia y su futuro estar. Les adelanto que la pregunta, ¿de qué hablamos cuando hablamos de mezcal? difícilmente será contestada, sin embargo, lo presentado, busca visibilizar otras fórmulas que deben ser contempladas en el tratamiento de la ecuación si lo que nos interesa es ir atando las fibras sueltas de todo
maguey.

EL PATRIMONIO ¿QUÉ SABE DE QUERENCIAS? Como bien menciona Ariño (2012) el patrimonio es un campo de significación que se organiza en torno a la valoración social de los objetos y prácticas como expresiones testimoniales, con valor creativo o simplemente documental, de la herencia pasada digna de preservación y este campo se construye en y por la modernidad. Yendo un poco en reversa, recordemos que fue en 1999, cuando el Banco Mundial señaló la cultura como recurso explotable (García Canclini, 1999) y con ello la vorágine por aprovechar comercialmente no solo lugares sino tradiciones, costumbres y todo aquello concebido como “patrimonio vivo” no ha dado tregua. Para Dosal (2014) la problemática radica en que esa apertura ha sido meramente conceptual y, en la mayoría de los casos, no apela necesariamente a las leyes y proyectos culturales. Por su parte, Hernández plantea que “detrás de cada elemento patrimonial socialmente reconocido ha operado un proceso de activación que lo eleva a la categoría de símbolo colectivo, pudiendo éste representar una noción de belleza universal y permanente, un vestigio o reliquia de un pasado inalcanzable o una tradición que vincula a los vivos directamente con sus antepasados” (2007:7).

Nota para ARK MAGAZINE 28 // Año 7 No. 28 // Patrimonio en Oaxaca II Ciudad de México // Otoño 2019

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